"Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias." MVLlosa

viernes, 1 de abril de 2011

La morena que me robó el amor

Nos conocimos cuando teníamos once años.

Ella, con su color de piel espectacular y su par de ojos miel. Su andar de gata, ágil y elegante. Basta decir que "me quitó" a mi primer amor para que sepan que no era ninguna santa de mi devoción.

Es verdad, lo de ella y lo de él fue mucho más fantasioso que incluso lo mío con él, que ya era bastante inexistente. Qué tipo de novio puede uno tener a los once? Pero ya sabes que cuando estás adentro de la burbuja lo que está adentro es todo tu mundo. A esa edad basta con sentir granizo en el corazón para asegurar que neva en toda la Galaxia.

Estudiamos juntas lo que restó de primaria y los tres largos y ajetreados años de la secundaria. Por supuesto que la relación no mejoró un ápice, ella seguía siendo esa morenaza de fuego que no se contentó con "robarme" al amor de la primaria pues se tomó la desfachatez de ser la noviecita oficial del tipo más apuesto de la secundaria y quien resultaba ser el bajista del grupo rockero donde yo vociferaba al ritmo de hard rock.

No había razón para ser amigas. Ella tan fresa que se juntaba con todas las demás pinky-girls, se cuidaba las uñas, dibujaba bonito y al mismo tiempo era tan sexy. Todo un bombón. Yo? Pues tenía que escoger un rol y eso de jugar a la niña bien nunca se me dió, fue así como inicié mi carrera de chica mala. Yo era ésa, la que fumaba, bebía como cosaco y además se atrevía a cantar en escenario canciones de Motley Crue. El noviecito del paliacate que llegaba por mi en una moto tampoco me daba puntos para que me aceptaran en la reducida fresi-society.

Salimos de la secundaria, cada quien tomó su camino y créanme que nunca extrañé a la sexy morena. Es más, cuando recibí un correo-invitación en el verano del 2009 de su parte la verdad es que no me causó mayor entusiasmo. Hasta puedo decir que me removió el triperío de recordar mi difícil paso por la secundaria.

La invitación trataba de un tipo reencuentro de esos que se pusieron de moda a raíz de que el uso de redes sociales perdió la exclusividad de geeks y adolescentes. Por supuesto no me lo iba a perder, había que asistir. Mis añorables mejores amigos de banca, mis primeros aprendizajes sociales, los recuerdos de cuando engañar al profe de deportes para no usar short era la mayor de mis preocupaciones "reales".

Por hacer una analogía, ir a la reunión era como comerme una Rocaleta, tienes que tragarte varias capas de dulce antes de llegar al centro que te gusta y decidí que lo que había en el centro valía la pena así que me enfundé en mis jeans y en mis mejores ganas.

Llegué, los vi, la vi y lo único que pude sentir fue una afinidad extraordinaria. Tal parecia que los años y la vida nos habían moldeado, cada una por su lado, para moderarnos en unas cosas y llevarnos a nuestros extremos en otras y al final encontrarnos de repente en un camino sumamente parecido. Sin hablar nos entendimos y después de unas cuantas confidencias y unos meses de vivencias sin pedir ayuda nos auxiliamos. Sin consolar nos reforzamos en los momentos más tensos por los que estábamos pasando como si hubieramos sido las mejores amigas desde secundaria, como si no hubieramos dejado de vernos nunca.

Esa morena recatada para unas cosas y desparpajada para otras, amante de la vida, incluyente y extraordinariamente original me ha tendido no una, varias manos y me ha enseñado que la vida es una y hay que respirarla, sudarla y rockearla. La vida es como la música, te trae y te lleva en sus distintos compases. A veces en nuevas estrofas y a veces repite el estribillo. Es caprichosa y al mismo tiempo sabia, solo así uno se explica que haya personas que nunca se van de tu vida y otras que a pesar de que ya las conociste, no hayan llegado aún.

viernes, 25 de marzo de 2011

Espero curarme de ti. De Jaime Sabines

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se le puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes como te digo que te quiero cuando digo: “qué calor hace”, “dame agua”, “¿sabes manejar?”, “se hizo de noche”…Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te quiero”.)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tu quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar aun panteón.

martes, 15 de marzo de 2011

La mujer que pude haber sido

-Amiga, traigo tatuajes de henna. Mira, dragones, mariposas, corazones, abejitas. Qué te gusta? Para el ombligo, para la espalda. Te quedan bonitos. Míralos.

- No gracias.



 

Maribel se levantó a las 4 de la mañana entre una brisa fresca que sabe le va a durar unos pocos días más. La primavera se acerca a velocidad rampante trayendo consigo al calor sofocante, las ocasionales lluvias y la feria de zancudos. Levanta a su hijo mayor para que le ayude a recolectar un poco de leña mientras junta las sobras de la cena para repartirlas entre los 5 integrantes de la familia.

Una vez que su familia, conformada por sus tres hijos y su madre, terminaron el desayuno los prepara para que se marchen a la escuela o a sus respectivos oficios. Carlitos, el más grande, ya trabaja en una cooperativa empacando plátano macho. Igual que ella no pudo terminar la secundaria para ayudar con la economía familiar.

Luego de una refrescada en el improvisado baño de corteza y lámina, Maribel prepara la dotación de calcomanías de henna que va a ofrecer en el puerto. Hoy es sábado y con suerte la turisteada le dejará los pesos que le urgen para poder comprar algo para la cena. Antes de salir se embadurna de rimel las pestañas y se unta aceite de coco en el cuerpo, su lema es "pobrecita pero arregladita". Lástima que el sol, la mala alimentación y los tres hijos paridos le han dejado huellas en la cara y en el cuerpo pero aún conserva ése candor que la hacía irresistible en la Escuela Secundaria 57 de Cayaco. Por eso había decidido vender tatuajes de henna y no tamarindos o botanas: era su aportación al mundo de la belleza.

Mientras se sube al camión que la lleva hasta el puerto y con el acompañamiento sonoro de Banda Machos se pierde entre los recuerdos de sus años más felices, no por haber vivido en otra casa o conocido lujos pero sí por haberse sentido jóven y deseada. Tenía sueños e ilusiones y pensaba que un día alguien o algo la sacaría de ahí. A veces esos recuerdos lastiman como la arena que se filtra entre la planta del pie y su zapato.

Después de horas de camino llegó al puerto y se detuvo un momento en la playa para apreciar la calma y la tersura del compañero de toda su vida. Ya llevaba rato caminando cuando vió una mujer sola, sentada con la vista fija al mar. La brisa jugaba con sus cabellos y ella permanecía simplemente inmóvil como en una postal. Maribel pensó que la propuesta de un tatuaje de henna le parecería irresistible así que caminó hasta donde ella estaba pero lo único que recibió por respuesta fue un "no gracias" acompañando al rostro impávido donde un par de ojos color mar se hacían los protagonistas. Unos ojos tan concentrados en el llanto que cualquiera diría que por ahí se les estaba llendo la vida.

Maribel dió la vuelta maldiciendo su suerte, ya era medio día y no había vendido nada.

-De qué puede estar llorando esta güerita, ya la quisiera ver tatemándose las patas para darle a sus hijos algo de comer-


Ana se levantó más temprano que de costumbre, últimamente no podía dormir muy bien. El reciente divorcio y tan apresurado nuevo casamiento de su exmarido la tenían emocionalmente afectada. Patricio, su hijito de tan solo cuatro años constantemente le preguntaba por su padre y ella se sentía una inútil respondiendo con balbuceos y llanto. Sus padres la invitaron a pasar unos días con ellos, unas cortas vacaciones para que Patito se distrajera y ella aceptó. En éstos  momentos el niño necesitaba otra compañía que no fuera su madre.

Tomó un baño ligero con agua tibia y body lotion perfumado. Se metió en el breve bikini que ya no hubo oportunidad de estrenar con su marido ("ex-marido" se recuerda para su adentros), se untó el bloqueador solar, calzó sandalias y un blusón. Tenía la intención de hacer un poco de ejercicio, hundir los pies en la arena y regresar a tiempo para desayunar con Pato y los abuelos pero una vez en la playa el montículo de arena la aclamaba, no pudo sino caminar como hipnotizada y tomar asiento en la todavía fresca arena. La vista fija en la inmensidad, los dedos haciéndola de palas y rastrillos, el sol hirviendo en la cabeza. De pronto las fotos de su vida se proyectaron en secuencia animada, sus padres protectores, su infancia de caprichos, la adolescencia en Barcelona. Sintió un temblor en la espalda cuando recordó el día de su boda, su vestido, sus ilusiones, su álbum, su amor. Se había casado con el mejor hombre del Universo, habían transcurrido como agua los cinco años de matrimonio, tuvieron a Patito, salían de vacaciones y eran muy felices o al menos es lo que ella sentía hasta que Rodrigo le dijo sin pretextos ni disfraces que amaba a otra mujer y que quería el divorcio. Aún hoy, después de tanto dolor y tanta confusión, ella seguía considerándolo como el mejor hombre del mundo, el mejor padre, el mejor amigo. Lo único que había cambiado es que ahora amaba a otra persona en lugar de a ella. Sabía que de haberle confesado a Rodrigo que se estaba muriendo no la hubiera dejado pero jamás hubiera soportado una mirada de lástima de él. No obstante que su mejor decisión había sido dejarlo ir hoy ella estaba llorando inconsolable, a pesar de la belleza de un mar en calma, de un día perfecto, de un hijo hermoso. Y no estaba llorando por que su muerte era pronta e inminente sino por que el desamor ya le había matado en vida. Hay personas demasiado maravillosas que contienen tanta felicidad que sería egoísta tenerlos para uno solo toda la vida, su misión es hacer felices a muchas personas por ratos. Rodrigo era una de esas personas y el rato con ella había caducado.

Sus pensamientos ahogados fueron interrumpidos por una sombra que cobró materia cuando la volteó a ver. Era una de esas vendedoras de la playa ofreciendo sabe Dios qué. Le llamaron la atención sus ojos color mar que refulgían en una piel sumamente tostada por el sol y una sonrisa de dientes blancos que parecía que cantaba una cumbia cuando hablaba. Por única respuesta le dió un "No gracias" y la vió alejarse.

Se quedó pensando "si al menos tuviera yo esa fuerza y esa sonrisa con la que esa mujer vive".

Ana y Maribel nacieron el mismo día del mismo año en diferentes ciudades y en diferentes condiciones sociales. Las dos son mujeres de ojos amplios, comparten la estatura y el gusto por el mar.

Ana y Maribel, tan parecidas y tan distintas. Dos mujeres viendo el mismo mar y viviendo distintos remolinos.

martes, 8 de marzo de 2011

Por si chocamos

Iba fluyendo el tráfico en Ejército Nacional, eran las 8:07 am. Transitaba por el carril del medio y después de avisar con la direccional me orillé al derecho esquivando a un Civic negro que estaba estacionado. Justo en ése momento el Civic avanza para incorporarse al carril de en medio. Chocamos.
Me estacioné y me bajé para ver los respectivos golpes, pensando en el tiempo que iba a perder pero en calma, pues ya que. Del Civic se bajó un tipo alto, voluminoso, moreno y mal encarado. Se le transparentaba la impaciencia y la intolerancia.
Me acerqué apenada y ni siquiera me dejó llegar a ver mi golpe, me cerró el paso y me espetó  “Que no ves o qué?”. Sentí que el estómago se me iba de visita a las rodillas al tiempo que la cara se me ponía roja como si me hubiera abofeteado. Le respondí “Discúlpame, no fue a propósito.  Y en todo caso los dos tuvimos la culpa.” Me era difícil leer su expresión bajo sus lentes oscuros tipo “Morpheus”, pero se olía su violencia y en un tono de voz más alto que incluso su primera frase me dijo “No voy a discutir con viejas, te me vas a hablarle a tu seguro rapidito” y comenzó a tronarme los dedos. (Si, a tronarme los dedos!!!)
Tras éste gesto y sus palabras yo me sentía incrédula y victimada. Me di la vuelta y me subí al coche con las manos temblorosas. Hace mucho que no me sentía tan indignada y asustada al mismo tiempo, sentía una vergüenza irracional por haber sido víctima de una franca muestra de violencia. Me tomé mi tiempo para buscar la póliza y decidirme a hablar por teléfono cuando el tipo vino a tocar el cristal de mi ventana. Obviamente ni siquiera lo miré, no sé que quería pero no me iba a arriesgar a que me gritoneara de nuevo. Pasaron otros 10 minutos y vino de nuevo a tocar el cristal con más insistencia, rayando en la exageración. Mi indignación sustituyó al miedo, bajé el vidrio a medias y le dije:
- Qué quieres?
-A qué hora va a llegar tu seguro?
-No sé.
 –Cómo que no sabes? Yo tengo una reunión en media hora, me urge que esto quede.
-No sé, no me dicen hora.
 –Vamos a perder todo el día por tu culpa, por eso las viejas  no deberían manejar.

Lo más inaudito es la sorpresa que sentí cuando me di cuenta que esto último lo dijo en serio. Para qué negar que mentalmente me bajé de la camioneta, lo azoté contra el toldo y le pasé encima repetidamente con mis tacones de aguja. Terminada mi escena mental lo compadecí porque entendí que lo que tenía enfrente era un hombre grandote por fuera e insignificante por dentro como todos los que sienten la necesidad de humillar al sexo opuesto.
Bajé completamente la ventana ya con la seguridad de sentirme superior a ésta lombriz y le dije sin temblores en la voz:
-Primero: Yo no tengo prisa, por mi podemos estar aquí todo el día. Segundo: creo conveniente comentarte que no le he hablado a mi seguro así que ponte cómodo. Al que le hablé fue a mi marido que viene muy enojado y dispuesto a partirte la cara después que le conté como me has tratado.
Se quedó pasmado, ni siquiera gritoneó como yo pensaba que iba a hacerlo. Subí el poco cristal que había bajado y seguí ahí sentada medio riéndome pero preocupada pensando “Y ahora a quién le hablo”.
El tipo regresó, me enseñó su tarjeta de presentación a través del cristal y muy tranquilo me dijo “Te dejo mi tarjeta para que arreglemos esto otro día porque estoy con mucha prisa” y se fue.
Me asusté, me sentí ultrajada, vejada y enojada conmigo misma por sacar a relucir la figura del “marido que va a venir a romperte la cara”. No tengo marido pero tengo el derecho igual que todas las personas a que me respeten y que me traten con educación.
Qué nos pasa? Ni siquiera es un tema de sexismo ni de género, así como hay hombres violentos igual te encuentras mujeres enloquecidas. Las muestras de violencia están por todos lados y por todos los medios, desde el incidente vial hasta en mails laborales. Discriminación, burlas, faltas de respeto, golpes y ofensas llueven desde las escuelas hasta los panteones. No nos cansamos? Yo no digo que comencemos un movimiento, nos desnudemos frente a Palacio Nacional y hagamos una huelga de hambre. Pero sí te digo que procuremos respetarnos. La tolerancia es una de las virtudes más escasas y más difíciles de conseguir pero se facilita mucho cuando nos tomamos la molestia de en verdad sentir respeto por los demás. Tratemos de respirar hondo y pensar antes de hablar, moderemos el tono e intentemos vernos desde afuera como los orangutanes ridículos en que nos convertimos cuando la ira se apodera de nosotros (sin afán de ofender a los orangutanes).
Y siendo realistas aceptemos que el problema va más allá, queda no permitir que las ofensas lleguen al corazón y pensar que las personas que no pueden respetar al resto es porque no tienen respeto por sí mismos.  Nadie puede dar lo que tiene vedado para sí.
Estos son mis mejores deseos, por si un día me toca chocar contigo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Dime por qué cambias y te diré qué quieres

Sin quererlo, sin buscarlo, porque así siempre llegan las cosas, me inmiscuí en una conversación en lo que esperaba que mi café se enfriara un poco como para darle el primer sorbo.

La conversa giraba en torno al cambio en las personas. “La gente nunca cambia” decía un bando de féminas, en lo que un par de ellas defendían “Claro que cambia, pero no es sencillo”.

Mi mente comenzó a repasar situaciones tanto propias como ajenas, de alguna manera buscando soporte empírico para ponerme de un bando o de otro.

Me acordé de un exjefe, al que después que la esposa le cachó en una movida lo amenazó con irse con los hijos y cosas por el estilo. Como habrá estado la cosa que el pobre no bebía, evitaba ir a cenar o a comer con nadie del sexo opuesto y reacciones aún mas exageradas. Supongo yo que las mujeres le gustaban demasiado y evitaba cualquier tipo de tentación. Cambió? No sé. Solo sé que vivía muy asustado.

Tengo un amigo, un tipo alto, guapo y muy fresa. Se reía de los hipsters, de los yoguis, de los soñadores. Práctico, numérico, exitoso en los negocios. Se enamoró a primera vista de una mujercita menuda, greñuda, fachosa y metida en cuestiones metafísicas. Hace poco los vi, muy contentos. El sigue vistiendo de Lacoste y Hugo Boss. Ella creo que intenta peinarse y hace un esfuerzo por usar blush y gloss. Cuando me despedí de él, seguido de un fuerte abrazo me dijo “Dale Caro, mucha luz para ti”. Me le quedé viendo con ojos desorbitados, creo. Mucha luz? Cambiaron? No. Están enamorados. 

El marido de Clarisa se fue de la casa después de una fuerte discusión acerca de la infelicidad por la que estaba pasando la pareja. Nunca regresó. Y lo que le dijo a Clarisa fue: “Tengo miedo de volver, porque yo nunca voy a cambiar así que te seguiré haciendo infeliz”. Clarisa entonces entendió que el mensaje era: “No te amo lo suficiente como para hacer un esfuerzo por estar juntos”. Quién tendría la razón?

Mucha gente después de un accidente, de una enfermedad o de una pérdida cambia su forma de ver la vida, de vivirla, de valorarla. Será que las sacudidas de la vida nos dejan más blandos para impactarnos con el cambio sin rompernos. Será que la posibilidad de tocar los extremos normalmente indeseados nos hace más dispuestos a transmutar.

Y al final todos sabemos que la esencia de las personas no cambia, la educación y las experiencias forman un legajo que no se puede borrar. Pero hay otras cuestiones que moldean tu personalidad como hábitos, actitudes y manías que si bien pueden estar muy arraigadas no son imposibles de modificar. El cambio es lo único constante, la vida es un río que corre siempre con aguas distintas y adaptarnos es parte del proceso evolutivo interno de cada ser humano. Crecer es cambiar. Es verdad, no todos estamos dispuestos a dar, porque hacer las cosas distintas es eso, aportar. Se necesita valor y fuerza interna que normalmente se llama amor (a uno mismo y a los demás).

Para cuando terminé mi cavileo no quedaba nadie en la cocina y el primer sorbo a mi café (ya frío) me recordó la frase de la abuela al respecto del hijo que nunca dejó de beber.  "Nadie cambia si no siente la necesidad de hacerlo".        

miércoles, 26 de enero de 2011

Batallas de Regadera


Inmersa en sus pensamientos recorre con los dedos índice y anular derechos la pared de azulejos húmeda. Rompe las formaciones de las gotas y juega con las huellas que va dejando en el vaho de la ventana. Está pensando en lo que ha sido su vida en los últimos meses, en lo que se ha convertido, en lo que espera que sea mientras el chorro de agua caliente le masajea los músculos adoloridos de la esplada.
Está preguntándose si vale la pena pagar una renta tan cara, está pensando que su departamento es tan grande para ella que le hace sentirse más sola de lo que se encuentra. Tal vez por eso, a pesar de ser un piso tan cómodo, solo llega a dormir entre semana. Se llena el tiempo con lo que puede y los fines de semana prácticamente vive en casa de sus padres.

Recuerda con una risa medio ahogada acompañada de un dejo de autocompasión que hace poco la madre le dijo " Si sigues invernando cada fin de semana con nosotros después no te preguntes como es que te quedaste a cuidar un par de viejos asustados".
Embriagada por el calor, ya sin risas, piensa -Pero no quiero estar con nadie, no quiero ni intentarlo. Él va a volver-.          Fué entonces cuando ese sentimiento de lucidez que eventualmente toca la puerta, le llegó ácido y fulminante. Es como si el peor de sus enemigos, su fantasma más odiado, le hablara al oído y le alcanzara el corazón. "No va a volver. Ya se acabó. Déjalo ir. Te vas a hacer vieja, fea y más desquiciada esperando a alguien que no está ni va a estar. Dejando pasar una y otra vez las salidas de un tren. Quedarás sola en tu andén abandonado, lejano y derruido".
Apaga la regadera, como si cerrando la llave apagara la voz que la persigue una y otra vez. Cuando come, cuando va al baño, cuando se está peinando, cuando amanece, cuando se duerme. Pero la voz sigue, retumba y le pellizca la seguridad. Ella se pone a berrear en franca locura mientras se seca el cuerpo, se pone la pijama y se enfunda los calcetines. Sigue llorando a grito pelado, tan fuerte y tan abominablemente que hasta ella se asusta. Sabe que puede mostrar su lado más frágil encerrada en esas cuatro paredes, en su baño, entre el vapor, la humedad, el calor y los recuerdos. Se deja avasallar por la voz de toda la vida, le permite inundarla y tomarla desde las oscuridades más profundas de su pánico sin oponer resistencia.

Llegan hasta ella fotos de momentos, le atropellan las palabras dichas y las calladas. Le remuerden los sesos las cosas hechas y sobre todo aquellas suprimidas. Si todo hubiera sido distinto, si hubiera tomado otro camino. Se imagina en el medio de un campo de guerra en franca desolación, donde se encuentran tirados en el suelo su amor delirando, su confianza sangrando y su vida prácticamente devastada. Se pregunta mil veces qué es esto? Será un karma? Tal vez es una repetición tipo vicio tipo locura, o es amor? De esos amores infortunados tan grandes y tan inminentes que tienen que ser frustrados para considerárseles grandes. Mentalmente hace un recuento de aquellos de los que la historia da fe, el panorama es desolador. Los grandes amores siempre tienen un algo o un todo de patológicos.


A punto de perderse como siempre en su mar de reflexiones sin dejar ni un momento de gritar, sollozar, hipear y moquear, hace un alto para tomar fuerzas en algún lugar recóndito de su mal parado frente. Decide enfrentar a la voz invadida en coraje e indignación. Con los ojos inyectados en sangre le espeta "Estoy convencida de algo, y ésta vez no me vas a minar. Por falta de fe no soy la diseñadora que soñé. Por falta de fe he cabalgado la vida sobre relaciones que me han arropado pero no me han hecho feliz. Por falta de fe no he sido madre. Por falta de fe derramé un amor, lo desperdicié y lo ahogué. Es cierto, no sé como componerlo, pero creo en él. Estoy harta de escucharte, estoy harta de que estés cazándome como si fuera un animal herido, siempre esperando el momento en que se va a dar por vencido. Estoy harta de darte permiso de estropearme los sueños por más estúpidos que a ti te parezcan".

Procura guardar la compostura para permitirse salir del baño, aunque bien sabe que está sola como siempre. Escoltada por los restos del vapor camina hacia su cama, se encuentra lastimada y débil pero victoriosa. Antes de disponerse a pensar lo que habrá de cenar, concluye el tema con la voz "Esta vez voy a hacer lo que me pegue la gana. Si estoy equivocada, la vida me dará la oportunidad de rectificar. Si no lo estoy morirás para siempre por atreverte a dudar de mi una y otra vez."

La voz la acompañó a cenar sin siquiera pronunciarse al respecto, hizo vocalizaciones mientras ella se lavaba los dientes y cuando se quedó dormida le cubrió las esperanzas que se le salían del edredón. A manera de despedida La Voz anunció "Al fin me das una buena batalla, ahora sí comienza la guerra".

jueves, 25 de noviembre de 2010

Las Tramposas

“Mis tíos, cuando hablaban de putas, decían: Las Tramposas. Entonces yo de niña siempre que hacía trampas pensaba: -¡Dios mío, qué puta soy!-, y me iba a confesar. Claro que al Padre no le decía: -Me acuso de ser puta-, porque además puta era una grosería. Pero sí me acusaba de ser tramposa. Y lloraba muchísimo, porque me imaginaba al sacerdote pensando: -Tan chiquita y tan putita-.”


Decidí comenzar la entrada del día de hoy con éste párrafo que a través de Violetta Schmidt narra mi adorado Xavier Velasco en su libro “Diablo Guardián”. Un párrafo que me parece chistoso, cínico, irónico, inocente, triste.

A ti cuántas veces te han dicho puta? Cuántas te has pensado puta? Cuántas te han juzgado puta? Cambia el "puta" por "estúpida, tarada, buena para nada, insípida, zorra, arpía". El punto es cuántas veces hemos permitido que nos falten al respeto, que coarten nuestros sueños, que corten nuestras alas, que nos juzguen por ser distintas? Cuántas veces te has sentido obligada a ahogar tus sentimientos, a reprimir tus reacciones y te has perdido de grandes momentos en tu vida por miedo a una agresión de éste tipo (o de cualquier otro tipo)?

Hoy se conmemora el día de la No Violencia hacia la mujer y por eso ésta entrada está dirigida a ellas, las mujeres. Las que viven los horrores del maltrato y las que han logrado salir de él.

Lamentablemente en nuestro país no hay nada qué celebrar, un país donde se inventó la palabra feminicidio. Solo por aportar datos: el 95 por ciento de las mujeres han sido víctimas de acoso sexual; una de cada tres vive violencia doméstica; cada nueve minutos una mujer es víctima de violencia sexual; 43 de cada 100 mujeres ha vivido algún tipo de violencia, emocional, económica, física o sexual; más de 30 por ciento de las mujeres tienen probabilidad de convertirse en madres antes de los 20 años; 8 de cada 100 mujeres no saben leer ni escribir a diferencia de los varones (5 de cada 100 se encuentran en esta situación). Un país donde se matan a 1,700 mujeres al año y no sólo son las de Cd. Juárez, son mujeres de todos los estados asesinadas por sus maridos o padres. Y a pesar de que coincido con la visión de que para que exista un victimario debe existir una víctima que lo permita, creo honda y tristemente que tenemos un problema de educación.

A casi todas nos educaron con el “calladita más bonita”, con la cultura de la sumisión y el tratar de agradar y complacer a tu pareja o al resto del Universo a como de lugar. Me parece que con la independencia económica se ha avanzado a grandes zancadas pero no estoy segura de si las hemos dado en el rumbo correcto. Porqué seguimos siendo esas féminas independientes, hermosas, inteligentes y también capaces de arrastrarse cual viles gusanos rogando una migajita de “amor”? Escucho pretextos como que somos más mujeres que hombres, que los buenos ya están apartados y cosas así. La realidad es que veo mujeres entregando su valor y su poder a hombres que no saben qué hacer con él.

Ya ni se diga si hablamos con la señora del aseo, por poner un ejemplo. El otro día no fue a trabajar porque su marido le puso una golpiza que le duró varios días. “Mary, por qué no lo dejas?”- “Porque lo quiero, y él me quiere, a su manera, pues”. Eso es amor?

Para mí está bien claro que lo primero que se debe tener en mente es que él no va a cambiar. Por más que aguantes, que lo perdones, que le demuestres tu amor. NO CAMBIARÁ.

Segundo, acaso de verdad quieres a un hombre que te castiga, que te hace sufrir, que te humilla, a tu lado? A veces piensas que no vas a conseguir otra relación, e incluso es miedo a la soledad. Lo irónico es que justo cuando te quedas sola es cuando aprendes a ver más allá de ti, de tus miedos, tus fantasmas, y comienzas a valorarte, a amarte y a perdonarte. Una vez que te adoras, sabes que nunca más estarás sola.

Por supuesto que tener una pareja es maravilloso, compartir risas y llantos, los viajes, la cama y el vino con alguien que amas y te ama es increíble. La noticia es que una vez que tú estás sanada y con tu dignidad recuperada, entonces estarás lista para que llegue a ti alguien en las mismas condiciones, no una persona incompleta y con traumas que busca aprovecharse de ti (en cualquier aspecto).

El maltrato no sólo es que te peguen-golpeen, también te maltrata el que te humilla siempre que puede, aquél que llega un día sí y otro también alcoholizado perdido a casa, aquel que te pone los cuernos en cuanto tiene ocasión, ése que te ignora y que te trata como un mueble, el que continúa diciéndote que eres tonta, fea y/o que no sirves para nada. Sal de ahí! Por favor.

Fácil no es, ya lo sé. Los círculos viciosos te atrapan y te convierten en un ser dependiente, crees que la vida se te va a casi derrumbar por un montón de cosas, para unas es por el sustento económico, para otras es el qué dirán, otras son apegadas al espíritu de sacrificio o se quieren tan poco que se acostumbran a recibir ni la verdad a cambio.

Mi amiga Clarisa, mi Tramposa favorita, me cuenta: "El día que yo decidí separarme, mi madre me hizo sentir culpable, me dijo algo así como -Ay, nena. Esque tienes un carácter tan feo. Tu ni aguantas nada-." Continúa diciendo con cara de desaprobación: "Osea como? La vida es de aguantar o de ser feliz? Mi madre me hablaba por teléfono llorando para preguntarme si YO ya lo había buscado a él, para “arreglar” nuestra situación."

Al final, no hay nada que el tiempo no cure y a todos los estados civiles se acostumbra el cuerpo… y la familia, y Clarisa me confiesa: "Es verdad, yo sé que secretamente a mi madre aún le da vergüenza decirle a sus parientes y amigos medio lejanos que su hijita, ésa que se casó con bombo y platillos, ya no está casadita, calladita, sumisita y encerradita en su castillo de cristal llamado matrimonio." Y me dice ya con media carcajada asomando -"A la pobre le da una pena inmensa decir que "fracasé", que ya tengo mis treinta y casi cuatro y que ando en la vida como si la idea ésa de “sentar cabeza” y procrear no fuera importante para mi.". Se queda pensando y reflexiva agrega: -"Porque no es que no sea importante o que nunca piense en eso, pero nada ni nadie es más importante que vivir tranquila persiguiendo mis sueños, que ya tuve suficiente de sacrificar mi idea de felicidad por darle gusto a la familia y al resto del planeta". Y después de tomar aire y hacer una pausa como si viajara en retrospectiva, agarra aire y declara muy segura: -"Que a mi ya me vale madre esos "amores de portarretratos” donde salen muy bonitos todos ahí colgados  en las paredes o suspendidos sobre las mesitas laterales de la sala pero que a la mera hora ni se hablan, ni se aman, ni se existen." Y continúa diciéndome fervorosamente "Ojalá un día la vida me sorprenda dándome la oportunidad de poder compartirme con el hombre que amo y que me ama, sea que ya lo conozco o que estoy por conocer. Pero eso de dejarme manosear mi valor como mujer con tal de tener con quién discutir el clima o ver la tele, ya no."

Me gustó el episodio de Clarisa para contarla en especial el día de hoy. Cabe aclarar que el marido de Clarisa no le pegaba, pero tampoco le hablaba, ni la cuidaba ni la amaba. Solo era un "santo" que ella dejó de amar para justamente enamorarse perdidamente de su antítesis. Pero esa es otra historia, muy tramposa, que si ella me da permiso un día de estos se las voy a platicar.